La historia de Laurentino es la de una generación obrera que entendió el sindicalismo como una herramienta de dignidad, solidaridad y justicia. Desde la mina hasta Telefónica, desde León hasta Barcelona, su trayectoria demuestra que la coherencia, cuando es real, deja huella.
Laurentino nació en 1948 en Nela del Bierzo, un pueblo de la cuenca minera de León perteneciente al Ayuntamiento de Sabero. En aquellos años, buena parte de la población – especialmente la gente joven – había pasado del trabajo del campo, basado en una agricultura de subsistencia, a la mina. Aunque los salarios eran ridículos, sobre todo para las mujeres, la mina ofrecía algo que el campo no daba: ingresos fijos y algunas horas libres.
La lucha minera y la represión

Las mujeres tardaron mucho en ser incorporadas a la Seguridad Social. Su trabajo principal consistía en separar el carbón de la escoria y la pizarra. En la zona había numerosas explotaciones mineras, y la precariedad era generalizada: los sueldos no subían y las condiciones eran durísimas.
Con el crecimiento del número de trabajadores, comenzaron a organizarse las primeras comisiones obreras dentro de las empresas. En los años sesenta se convocaron huelgas importantes, destacando la gran huelga del carbón de 1962, que se prolongó durante casi tres meses y estuvo acompañada de una represión brutal.
El padre de Laurentino, Andrés González Martínez, fue detenido junto a otros compañeros por repartir clandestinamente Mundo Obrero y octavillas relacionadas con la huelga. Fueron acusados de comunistas y de promover conflictos laborales, y permanecieron encarcelados entre siete y ocho meses, hasta que tuvieron que ser liberados por falta de pruebas.
En casa sabían que había que deshacerse de cualquier material comprometedor. En la cárcel contaron con la complicidad de algunos bedeles, conscientes de que la lucha minera podía mejorar no solo los salarios del sector, sino las condiciones de toda la clase trabajadora.
La familia y la mina
La madre de Laurentino, Isabel García García, también trabajó en la mina desde muy joven. Participó en la construcción de un tranvía aéreo que transportaba carbón desde Fabero hasta Ponferrada. Era tan ágil que la llamaban “ese pajarillo”, porque trabajaba a más de 70 u 80 metros de altura, subida a los caballetes, con el vestido atado para evitar miradas desde abajo.
Formación, trabajo y primeras represalias
Ya en los años setenta, Laurentino quiso estudiar y trabajar para ayudar en casa. Su primer empleo fue en Antracitas de Fabero, en un taller eléctrico, que alternaba con las clases del instituto. Los profesores les preparaban para examinarse como alumnos libres en Ponferrada.
Más tarde pasó a Antracitas de Gistredo, donde entró como ayudante de minero gracias a sus conocimientos de electricidad. Su trabajo incluía prorrogar cables, montar cajas y acercarlas al tajo, tareas que se pagaban como horas extras. Un día, tras negarse la empresa a pagarle correctamente esas horas, decidió no volver a quedarse más tiempo. Como represalia, le cambiaron el turno para impedirle asistir a clase.
Conciencia política y llegada a Barcelona
Laurentino creció escuchando conversaciones políticas en casa y oyendo Radio Pirenaica, Radio Pekín, Radio Moscú y la BBC de Londres. Ya había leído libros sobre la Revolución Rusa y la Segunda Guerra Mundial. Todo eso marcó profundamente su conciencia.
Cuando llegó a Barcelona, lo hizo “muy rebotado”. Su primer trabajo fue en una empresa intermediaria que cedía trabajadores a otras compañías, una especie de prestamistas laborales. Al darse cuenta del engaño salarial, abandonó el empleo al segundo día.
Después entró en Mini, justo cuando se empezaban a fabricar televisores en color. Allí percibió claramente cómo se trataba a los trabajadores “como si fueran corderos”. Además, le exigían la cartilla militar, un problema para él, ya que había sido declarado excluido temporal por motivos médicos.
Finalmente decidió preparar oposiciones y logró entrar en Telefónica, aprobando plaza para Cataluña.
Sindicalismo, rupturas y coherencia
En Telefónica, Laurentino fue una figura clave del sindicalismo combativo. Junto a otros compañeros, llegó a impulsar una organización horizontal, sin liberados ni privilegios, donde las decisiones se tomaban colectivamente. En Barcelona llegaron a tener casi 2.000 afiliados, convirtiéndose en la primera fuerza sindical dentro de la empresa.
Las discrepancias con Comisiones Obreras fueron en aumento, especialmente cuando el sindicato comenzó a aceptar expedientes de regulación de empleo y a alejarse de las asambleas y de la participación directa de los trabajadores. Laurentino y otros compañeros decidieron salir y construir una alternativa, convencidos de que no se iban “para cruzarse de brazos”, sino para recuperar el sindicalismo de base.
A pesar de ser tachados de “anarco-comunistas”, lograron un apoyo masivo gracias a su honestidad y coherencia, valores que la plantilla supo reconocer.
Un gesto final que lo define
A los 65 años, Laurentino envió una carta a Telefónica comunicando que dejaba de acudir al trabajo. Presentó una denuncia y declaró que solo se reincorporaría si se readmitía a trabajadores despedidos injustamente. Ganó el juicio y tuvo que elegir entre una indemnización de 165.000 euros o volver al puesto de trabajo.
Renunció al dinero y al puesto si se readmitía a los despedidos. Finalmente volvió a entrar en la empresa, no por interés personal, sino por coherencia. Para él, la lucha nunca fue una cuestión económica, sino ética y colectiva.